Nuestra Esencia. El espíritu.
Construyendo un Arca. Parte VIII Escrito 09
Marcos Joel Cortes
11/15/20262 min read


Me gusta imaginar el inconsciente como un gigante que vive dentro de nosotros.
Domina muchas de nuestras emociones, nos empuja hacia ciertos caminos y no siempre hacia aquello que nos conviene.
Por ejemplo, si eres fumador, sabes que debes dejar de fumar. Sabes que te hace daño. Pero aunque decidas dejarlo, algo dentro de ti se resiste.
Ese algo es el inconsciente.
A ese gigante interno no le conviene abandonar el hábito. Fumar lo hace sentirse bien. Y muchas veces ese impulso es más fuerte que tu voluntad consciente.
Algo parecido ocurre en las relaciones. Puede gustarte alguien que sabes que no te conviene. Te enamoras, y aunque racionalmente sabes que no deberías estar allí, no puedes soltar esa relación.
El gigante del inconsciente quiere esa compañía.
Y aunque no te haga bien, la parte más profunda de ti no quiere dejarla ir.
Por eso, desde la psicología, a veces pareciera que somos más de una persona.
Somos el consciente, pero también el inconsciente.
Somos la conciencia, es decir, la experiencia subjetiva de estar presentes y de ser un “yo”.
Y aunque esto parece sencillo de entender, en realidad no sabemos exactamente qué es.
Las teorías más aceptadas en la ciencia son materialistas: proponen que la conciencia emerge del cerebro. Pero muchas veces estas explicaciones parecen quedarse cortas frente a la profundidad de la experiencia humana.
Durante años se ha asumido que el cerebro produce la conciencia. Sin embargo, me gusta una idea del neurocientífico Álex Gómez Marín. (Quien aparece en la foto) Él propone que quizá el cerebro no produce la conciencia, sino que la permite.
Esta idea es fascinante porque nos invita a imaginar la conciencia como algo que ocupa el cuerpo y que, de alguna manera, trasciende la materia, como si estuviéramos hablando de una realidad espiritual.
Esto me recuerda una frase que dice:
“No somos un cuerpo que tiene experiencias espirituales, sino un espíritu teniendo una experiencia corporal.”
Entonces la pregunta sigue abierta:
¿Qué somos realmente?
¿Cuál es nuestra esencia?
¿Cuál es ese “corazón” al que apuntan los antiguos textos?
No pretendo tener la respuesta. Pero en el próximo blog quiero profundizar un poco más en esa esencia, llámese corazón, espíritu o conciencia, y reflexionar sobre algo muy importante:
Si esa dimensión profunda existe, entonces también puede cultivarse.
Y eso podría cambiar profundamente la forma en que vivimos.
Nos leemos la próxima semana.