La conciencia.

Construyendo un Arca. Parte IX Escrito 10

Marcos Cortés

6/7/20262 min read


La semana pasada escribí acerca de la conciencia, es decir, la experiencia subjetiva de estar presente y de ser un “yo”: de tener agencia y voluntad.

En este sentido mencioné al neurocientífico Álex Gómez Marín, (foto) quien, contrario a lo que hasta ahora se ha creído desde el materialismo, que el cerebro produce la conciencia, sugiere que el cerebro no produce la conciencia, sino que quizá, la permite.

Esta idea es fascinante porque nos invita a imaginar la conciencia como algo que ocupa el cuerpo y que, de alguna manera, trasciende la materia, como si estuviéramos hablando de una realidad espiritual.

Dentro de esa realidad espiritual podemos intentar sumergirnos, (aunque no lo haremos de manera profunda) en ciertos aspectos y en el lenguaje de la vida religiosa para poder comprenderla mejor. Porque si es cierto que nuestro cuerpo permite la conciencia y que, por ende, somos un ente que habita el cuerpo, sería interesante saber qué dice la religión respecto a este fenómeno.

Sabemos que es de conocimiento general que el cristianismo, por ejemplo, explica que al morir nuestra experiencia no se acaba, que somos más que simplemente materia, que somos espíritu.

Entonces, si acepto esto y dejo atrás la teoría netamente materialista, abrazando el hecho de ser un ente espiritual, surge una pregunta inevitable:

¿Cómo puedo nutrir, conocer, entender y explorar mejor ese mundo espiritual y, por ende, mi propio espíritu?

Para nadie es un secreto que somos, en gran medida, cristianos culturales. Todo nuestro mundo occidental está profundamente influenciado por el cristianismo. Nuestros sistemas de justicia, nuestras leyes y nuestros poderes democráticos se construyeron sobre principios que nacieron en ese marco moral.

Nuestra cosmovisión (casi colectiva) tiene raíces cristianas. Y aunque pareciera existir una tendencia cultural hacia una secularización cada vez mayor, seguimos profundamente arraigados a esos valores tradicionales que, en última instancia, son espirituales.

Es el cristianismo quien plantea que somos hechos a imagen y semejanza de Dios, que tenemos un valor intrínseco y una dignidad que no depende de nuestra utilidad.

Es también el cristianismo quien nos rescata del nihilismo absurdo y de la subjetividad moral absoluta.

Y si bien estas ideas han contribuido a preservar el orden social, también podrían ayudarnos a rescatar algo aún más importante: nuestro orden interior.

Porque cuando el ser humano se desconecta completamente de lo espiritual,cae en una forma de caos interno que ninguna explicación puramente material logra resolver.

Por eso, la idea de cultivar nuestra conciencia o nuestro espíritu es tan real como la de cultivar nuestro cuerpo.

Así como entrenamos los músculos y cuidamos nuestra salud física, nuestra alma también necesita ser nutrida.

Y la idea central de esta serie es que necesita ser fortalecida y construida, para que podamos convertirnos en un arca espiritual para los nuestros.

Entonces surge una pregunta práctica:

¿Qué disciplinas podemos practicar para estar más en contacto con nuestro espíritu, con esa realidad espiritual, y así cultivarla, cuidarla y fortalecerla?

Bueno, la próxima semana compartiré disciplinas espirituales básicas y prácticas que pueden ayudarnos a fortalecer el espíritu humano.

Nos leemos la próxima semana.


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