Duelo colectivo.
El doble terremoto del 2026 Escrito 02
Marcos Joel Cortés
9/27/20262 min read


No puedo generalizar, pero muchas de las personas con las que hablo parecen estar perdidas o, por lo menos, no saben hacia dónde dirigirse. Antes, las personas también perdían el rumbo. El dolor, las pérdidas o las crisis podían desviarlas del camino, pero seguían teniendo alguna idea de hacia dónde regresar. Hoy percibo algo distinto: no solamente nos hemos desviado del camino; muchas veces ya no sabemos cuál es el camino.
Quizá porque vivo en Venezuela, percibo además una especie de duelo colectivo, una tristeza generalizada. Venimos de años de crisis, pérdidas, deterioro e incertidumbre. Después de tantas tragedias, levantarse nuevamente puede sentirse menos como un acto de valentía y más como un instinto de supervivencia. Como quien lo pierde todo y, al darse cuenta de que todavía respira, recoge lo que queda y sigue caminando.
Pero seguir caminando no significa saber hacia dónde vamos.
Hay dolores ante los cuales las respuestas fáciles incluso pueden resultar ofensivas. ¿Qué se le dice a alguien que perdió a toda su familia? ¿Qué se le pide a un niño que quedó huérfano? ¿Qué palabras alcanzan para un padre que perdió a su hijo? ¿Qué le dices a quien trabajó durante años para construir algo y lo perdió en un solo día?
A veces la pregunta deja de ser cómo seguir y se convierte en algo más profundo: ¿para qué seguir?
Quizá el primer paso sea mirar el dolor a los ojos. Reconocer que ocurrió y admitir que nuestra vida cambió. No significa resignarnos, sino dejar de gastar toda nuestra energía intentando escapar de una realidad que ya forma parte de nuestra historia.
En el duelo aparecen tristeza, rabia, culpa, miedo, ansiedad, añoranza e impotencia. Lloramos, recordamos, preguntamos por qué. El objetivo no es eliminar inmediatamente esas emociones, sino aprender a atravesarlas sin quedar completamente destruidos por ellas.
Desde la fe cristiana, la cruz ofrece una imagen poderosa. Abrazar la cruz no significa amar el sufrimiento, sino aceptar que algunas experiencias humanas no pueden rodearse: deben atravesarse. Y antes de la resurrección está el sepulcro.
Pero atravesar el dolor no significa hacerlo sin esperanza.
La fe no elimina el duelo, pero puede evitar que quede encerrado en la nada. Llorar a alguien no significa tener poca fe; significa que el amor fue real. Por eso Pablo escribe en 1 Tesalonicenses 4:13 que no nos entristezcamos “como los que no tienen esperanza”. No dice que no nos entristezcamos. Dice que nuestra tristeza puede convivir con la esperanza.
También podemos aprender a transformar el vínculo con quienes murieron. Escribirles una carta, visitar un lugar significativo, recordar historias, hacer una oración o una ceremonia. Despedirse no significa borrar.
Y quizá, con el tiempo, podamos preguntarnos: ¿cómo le gustaría a esa persona verme vivir?
Mira tus manos. Tal vez hoy no puedas reconstruir tu vida completa, pero todavía puedes usarlas para ayudar, acompañar, servir, abrazar o sostener a alguien.
A veces el sentido no aparece como una gran respuesta.
A veces comienza cuando nos atrevemos a dar el siguiente paso.