Dios, está medio de los escombros

Los terremotos del 2026 Escrito 01

Marcos Joel Cortes

7/13/20263 min read


Hay dolores que no se pueden explicar.
Solo se escuchan.

El grito de una madre que busca a sus hijos.
El silencio de un padre que ya no sabe cómo llorar.
Las manos rotas de un rescatista que sigue removiendo escombros aunque el cuerpo ya no le dé más.
El niño que pregunta por su mamá.
La mirada de quien sobrevivió, pero siente que una parte de sí quedó debajo de los edificios.

Yo no quiero hablar de esta tragedia como quien comenta una noticia.
Quiero acercarme con respeto, como psicólogo, como creyente, como venezolano, y sobre todo como ser humano.

Las tragedias no se comprenden. ¿Quién puede?

¿Quién puede comprender por qué un padre debe llorar por su esposa y sus hijos, que estaban en el apartamento cuando el edificio colapsó?

¿Quién puede comprender a un hijo buscando a su madre?

Una mujer fue informada de que lograron ver debajo de los escombros a su esposo, y que él sostiene y protege a sus dos hijas. Parecen estar vivos. Intentan sacarlos, pero no tienen las herramientas.

Una mamá muere abrazando a su hija mientras la protege del terremoto, y esa hija es sacada viva dos días después.

La cifra de fallecidos es muy grande. Hay gritos, desesperación, frustración, impotencia. Hay llantos de alegría cuando encuentran con vida a un ser amado, y llantos que te destrozan el alma cuando los encuentran sin vida.

Yo no entiendo por qué nos suceden cosas así.

Venezuela ya ha atravesado bastantes problemas.
¿Por qué uno más?
¿Por qué tan grande?
¿Por qué ahora?

Y en medio de todo esto, también hay heridas que no se ven. Porque una tragedia así no solo destruye edificios; también sacude el alma, el cuerpo y la mente. Hay niños que quizás no podrán dormir. Hay madres que temblarán al escuchar un ruido fuerte. Hay sobrevivientes que se preguntarán por qué ellos sí y otros no. Hay rescatistas que seguirán viendo rostros aun cuando ya haya terminado la jornada.

Hay dolores que no se sanan primero con respuestas, sino con presencia.

Entonces, ¿dónde está Dios en esta tragedia?

A muchos nos cuesta verlo. Y es que quizá no estamos viendo con los lentes adecuados.

Dios no está en la politiquería, ni en aquellos que buscan aprovecharse de esto. No está en los que buscan likes o visualizaciones. No está en los que convierten el dolor ajeno en espectáculo.

Pero si miras cuidadosamente, quizá veas a Dios en la mano que ayuda, en el voluntario que levanta los escombros, en la arepa que se dona a los que tienen hambre, en las lágrimas del padre que llora por perder a su hijo.

Dios está en la angustia de la mamá que no sabe qué hacer para sacar a sus hijos de los escombros. Está en las manos del rescatista que saca a un bebé, a una anciana, a una señora.

Entonces… ante todo este dolor, ¿dónde está Dios?

Dios está entre los escombros

Al lado de los que sufren, dándole fuerza a los que ayudan, abrazando a los que lloran, sosteniendo a aquellos que esperan por ser rescatados o por morir.

Y ¿Dios llora? Sí, Dios llora con nosotros.
Y ¿Dios sufre? Sí, Dios sufre con nosotros.

Él está acompañando en sus últimos momentos a aquellos que no lograron, o no lograrán sobrevivir. Pero tambien, te acompaña a ti, que lloras por ellos.

Dios está en los corazones de cada venezolano que quiere ayudar. Está en los miles de motorizados que viajan hacia los lugares afectados para llevar ayuda. Está en el abrazo del reencuentro. En las lágrimas que despiden a la persona que mas has amado. Está en tu angustia, en tu dolor.

Ahí, invisible.
Quizá no lo ves.
Quizá no lo escuchas.
Pero ahí está.

Es esa mano que sientes y no puedes ver sobre tu hombro. Está en el silencio del dolor.

Y susurra.

¿Puedes escuchar su voz?

Él dice así:
Mírame.
Vuelve tu mirada a mí.
Aquí estoy.
Nunca me he ido.”

Jesús no nos prometió una vida sin terremotos, sin dolor, sin muerte o sin lágrimas. Pero sí nos prometió estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Y cuando todo tiembla, cuando los edificios caen, cuando el alma se rompe y no quedan palabras, quizás la única oración posible sea esta:

Señor, quédate con nosotros.

Quédate con los que esperan.
Quédate con los que lloran.
Quédate con los que buscan.
Quédate con los que ayudan.
Quédate con los que ya no tienen fuerzas.

Quédate Señor que se hace tarde, quédate Señor aquí con nosotros.

Y enséñanos a ser tus manos en medio de los escombros.

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