Cuando la vida no tiene sentido
En honor a Aarón Torres. Escrito 03
Marcos Joel Cortes
10/5/20262 min read


Uno de los argumentos más usados en contra de la existencia de Dios es el sufrimiento. ¿Cómo puede un Dios bueno permitir que cosas malas le pasen al ser humano? Especialmente a los más inocentes: los jóvenes, los niños, aquellos que sufren sin razón aparente. Incluso las vidas más privilegiadas enfrentan temporadas de dolor e injusticia. Cáncer, accidentes, tragedias. Todos conocemos a alguien que está sufriendo.
Hace apenas unos días nuestra familia perdió a un ser querido: mi cuñado Aarón, de solo 17 años, falleció después de luchar por su vida durante cinco días tras un accidente de tránsito. En el accidente hubo varios involucrados; sin embargo, ningún otro perdió la vida. Él era el más joven, el más inocente, el más amable, el más amado. Apenas comenzaba a estudiar medicina. ¿Por qué alguien así, con tantos sueños y aspiraciones, pierde la vida de esa manera? Hay tragedias para las que nadie tiene respuestas.
Cada vez que experimento el sufrimiento, recuerdo la historia de Job. La Biblia lo describe como un hombre justo y recto; sin embargo, en cuestión de minutos pierde sus bienes y a sus hijos. Después, su propio cuerpo se llena de llagas y dolor. Job se convierte así en símbolo del sufrimiento humano.
Pero Job no huye de su dolor. Pregunta, reclama, habla con Dios y lleva delante de Él su sufrimiento. Dios le responde y lo invita a un encuentro del cual no sale siendo el mismo. Job escribe: “De oídas te había oído, pero ahora mis ojos te ven”. Antes había escuchado de Dios; ahora lo encuentra en medio de su dolor.
Desde la psicología ocurre algo parecido con el duelo y el trauma. Sanar no significa evitar lo ocurrido, sino poder acercarnos a ello: ponerle palabras, hablar de la pérdida, reconocer lo que sentimos y permitirnos llorar cuando las lágrimas llegan. No buscamos borrar el dolor, sino ayudar a que pueda ser procesado e integrado en nuestra historia. Lo que no se habla siempre permanece actuando desde las sombras.
Quizá por eso el sufrimiento puede convertirse también en un lugar de transformación. No porque sufrir sea bueno, sino porque cuando dejamos de huir y atravesamos el dolor, algo dentro de nosotros puede cambiar.
Cuando Aarón partió con Dios, vi cómo nuestra familia se unió, reflexionó y se perdonó. En aquellos días muchas cosas que antes parecían importantes dejaron de serlo. Solo el amor tomó forma entre nosotros. Las tragedias pueden endurecernos, volvernos fríos, nihilistas o rencorosos; pero también pueden transformarnos cuando aprendemos a atravesarlas.
Esa es quizá una de las formas más profundas de honrar a quien ha partido: convertir su ausencia en una invitación a vivir mejor; a ser mejores hijos, esposos, amigos y seres humanos.
Aarón, siempre te recordaremos como alguien humilde, risueño y esforzado. Estabas comenzando a conocer la disciplina y el trabajo duro, disfrutando el proceso de convertirte en un hombre con un gran futuro. No sabemos por qué partiste con Dios tan pronto, pero gracias a ti muchos hemos dejado de simplemente escuchar de Dios para empezar a verlo.
Gracias por todo